sueño y cronopio
Hoy leí sobre los Cronopios. Al hacerlo, sentí que muchos quisiéramos encajar en esa descripción: ser ese ser lleno de amor, ingenuo y feliz, entregar el corazón sin reservas.
Pero mis pensamientos se mezclan con los sueños de anoche, y en esa maraña de imágenes y recuerdos, la realidad se impone con crudeza: no tengo a quién amar, no tengo con quién compartir la risa, la mesa y el amor. No hay una persona que reúna las tres cosas. Me siento sola. Cada día, más sola.
Tuve un sueño. Hay quienes dicen que Dios —o como quieran llamarlo— les habla en sueños, les susurra verdades que nadie más se atrevería a decirles. Verdades que ni siquiera ellos mismos se confiesan frente al espejo.
En mi sueño, cuatro hombres grandes, morenos y sin cejas estaban sentados frente a mí. Me miraban con una certeza inquietante y me decían:
"Mientras tú perdiste todo —lo único que realmente te importaba—, él lo conserva todo. Su casa, sus cosas, su maldito estatus de pertenecer. Ese hombre casado, que está con otras porque su esposa —qué palabra tan estúpida— no era lo que esperaba".
Salté, indignada: "Pero yo ya no estoy con él, ya no soy su esposa".
Podrían haberse reído en mi cara, y ganas no les faltaban. Pero en lugar de eso, me dijeron con una tranquilidad hiriente:
"Ahora eres la esposa. Él hace lo que quiere: ve a otras mujeres, tiene casa, comida, techo… incluso tu compañía. Él no perdió nada. Y tú, en cambio, lo perdiste todo, porque él para ti era todo".
Mientras escribo esto, lloro. Antes lloraba por todos. Hoy, lloro por mí.
Me gustaría ser un Cronopio.
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