No se escribir con el corazón roto, es por eso que me gusta escuchar a otras personas hablar de sus desamores y sin sabores, escribo pensando en ellos y, escondido, entre sus historias, pongo un poco de las mías...¡a quién le importan las mías! (solo a mi). Todo lo he guardado aquí, en mi mente y muy poco en mi corazón, así, voy olvidando lo que me llevó a tenerlo roto; lo hago para no sufrir más de lo estrictamente necesario.
Hoy leí sobre los Cronopios. Al hacerlo, sentí que muchos quisiéramos encajar en esa descripción: ser ese ser lleno de amor, ingenuo y feliz, entregar el corazón sin reservas. Pero mis pensamientos se mezclan con los sueños de anoche, y en esa maraña de imágenes y recuerdos, la realidad se impone con crudeza: no tengo a quién amar, no tengo con quién compartir la risa, la mesa y el amor. No hay una persona que reúna las tres cosas. Me siento sola. Cada día, más sola. Tuve un sueño. Hay quienes dicen que Dios —o como quieran llamarlo— les habla en sueños, les susurra verdades que nadie más se atrevería a decirles. Verdades que ni siquiera ellos mismos se confiesan frente al espejo. En mi sueño, cuatro hombres grandes, morenos y sin cejas estaban sentados frente a mí. Me miraban con una certeza inquietante y me decían: "Mientras tú perdiste todo —lo único que realmente te importaba—, él lo conserva todo. Su casa, sus cosas, su maldito estatus de pertenecer. Ese hombre casado, que es...
Me da miedo el tiempo, no quiero que siga, quiero detenerlo y si fuera posible, dar marcha atrás. Alguna vez me preguntaron si cambiaría algo de mi vida, dije que no, porque a pesar de todo, de lo bueno y de lo malo, las cosas iban bien, siempre supe ver el lado bueno de todo. Pero ahora, ya con mis años, mi tiempo, el tiempo, creo que no, el tiempo me está doliendo. A Dios le pido sólo una cosa, que deje ir esto en cámara lenta. Y si me concediera un deseo más sería volver a ser niña y disfrutar de ti como lo hice siempre: amarte, escucharte, reír contigo, que en las noches me contaras tus historias de niño y los domingos escucharamos vinilos en la consola, recuerdo que siempre te hacía repetir Cielo rojo y el jinete de José Afredo Jiménez, o que grabaramos en casette pedazos de las escenas de las películas que nos gustaban y las escuchábamos como si fueran una radionovela justo antes de dormir; que me regalaras dulces, y sueños. A Dios le doy gracia...
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